Las mejores poesías del siglo XXI

Una antología de lo último en poesía

Reunimos aquí los poemas que más nos gustan del siglo XXI y explicamos con un breve comentario por qué. (No incluimos poemas publicados en Maresía: esos estarían todos).

1. «Si pudieran mis versos ser los últimos», Rodrigo Olay

Uno de los grandes representantes actuales de la poesía medida con estrofas clásicas, Rodrigo Olay (Noreña, Asturias, 1989), incluye este gran soneto en su poemario La víspera (La Isla de Siltolá, 2014). Con versos como «Pensad: si fui feliz, ya siempre lo seré», nos ofrece una visión optimista mezclada con una suave amargura sobre las cosas del día a día (ver nevar, no sufrir gran dolor, reír…) que hacen que la vida, se acabe cuando se acabe, ya haya merecido la pena.

Recupera con acierto la idea clásica de la muerte como salvación, pero sin que eso suponga perder las ganas de vivir.


2. «Sé que son las nueve», Ana Pérez Cañamares

En este poema de Alfabeto de cicatrices (Baile del Sol, 2010), la poeta canaria Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968) refleja con una precisión demoledora el cansancio del día a día. La asfixiante rutina no nos deja tiempo para nada («El día es largo, pero el tiempo es corto»), el otoño es capaz de destruir la lenta primavera en un segundo («Lo que la primavera parió despacio / desapareció de golpe una tarde de otoño», con ese contraste paronomástico entre despacio-desapareció) y acabamos siendo solo carnaza para la sociedad («Sé que es la hora del telediario / porque me siento carroña»).

Un poema total que condensa en solo 11 versos la fuerza de autores como Neruda (la paciencia de la primavera), César Vallejo (el uso del verbo posar) o José Ángel Buesa (la paradoja en la percepción del tiempo).


3. «El curso seco de un río, la huella», Claudia González Caparrós

Tenemos aquí otro magnífico poema breve, en este caso de la poeta Claudia González Caparrós (La Coruña, 1993) y perteneciente al poemario Te miro como quien asiste a un deshielo (La Bella Varsovia, 2018). El río sigue siendo el río aunque quede solo el cauce. Invita a reflexionar sobre lo que somos: no el agua, no el caudal. Somos un recipiente que se puede vaciar sin desaparecer, sin dejar de ser. ¡Precioso!


4. «Siempre presente», Carlos G. Munté

Los aforismos pueden resultar facilones y carecer de toda profundidad poética, pero este de Carlos G. Munté (Barcelona, 1989), incluido en El ladrón de serotonina (Trea, 2022), es pura poesía. Aunque queramos ver como pasado algo que ocurrió hace tiempo, no lo es si sigue detrás de nosotros. Pese a que el que es perseguido no tiene, en principio, culpa, aquí se carga de ella, como si al que le persigue el pasado en el presente es porque se niega a aceptar que sigue presente. ¿Pueden dar más de sí nueve palabras?


5. «Amor es también nada», Javier Calderón

Es este un poema que en solo tres versos es capaz de transmitir un pesimismo terrible, pero a la vez, por alguna razón, una gran paz, algo característico también de su autor. Incluido en Los adioses del trigo (Hiperión, 2020), esta reducción del amor a la espera paciente de que se mueran unas bonitas plantas es un latigazo de realidad que, lejos de asustar, hace que uno valore aún más el amor: la relación de una persona cuidadosa con sus plantas, aunque sabe que van a morir, es algo hermoso, como lo de acariciar a un animal dormido del poema «Los justos» de Borges. El primer verso del poema de Javier Calderón lo cita, por cierto, Marc J. Mellado en su poema «22/12/2021» de deseos de otras noches.


6. «Dentro de muchos años, hija», Enrique García-Máiquez

Conmovedor poema —como un «Palabras para Julia» de J. A. Goytisolo en el futuro— el que incluye Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969) en Mal que bien (Rialp, 2019): «Dentro de muchos años, hija». No hay que olvidar nunca, ni en los momentos de tristeza (que, sí, es cuando nos da por hacer cuentas y cuando más nos cuesta recordar lo importante), lo que podemos suponer o haber supuesto para los demás, solo por existir, sin tener que hacer nada. Aunque solo fuera eso, ya tendríamos motivos suficientes para conservar la alegría de vivir (o apuntalarla 😉). Y no importa que las personas que se alegraron por nuestro nacimiento ya no estén en el camino.


7. «Segunda ley de Newton aplicada sobre un corazón», Berta García Faet

La especial inteligencia e ironía con la que Berta García Faet (Valencia, 1988) suele asombrar al lector aquí llega a la cima con un poema —incluido en Corazón tradicionalista. Poesía 2008-2011 (La Bella Varsovia, 2018)— en el que ya el título es una buena declaración de intenciones. Con un tono coloquial y con frías referencias científicas, solo una gran poeta es capaz de transmitir tanto. ¿Cómo lo consigue? Es difícil explicarlo, pero podría ser porque el sarcasmo, el tono cómico (como de monólogo de El club de la comedia) y la atrevida subjetividad aplicada a la ciencia crean una fricción con la amarga realidad que hace que salten chispas muy poéticas. Así, estremece aún más la clásica idea de que lo más indefenso es lo más castigado hasta por las leyes de la naturaleza: aquí una pequeña chica a la que lanzan por los aires los golpes del amor y a la que solo otro golpe puede pararla por la «cruel» segunda ley de Newton, y, total, para volver a dejarla en la «inicial desesperanza».


8. «Línea 6», Martha Asunción Alonso

Con absoluto acierto y originalidad nos habla Martha Asunción Alonso (Madrid, 1986) en este poema de Detener la primavera (Hiperión, 2011) de un amor que no se llega a olvidar, que vuelve y que convierte la espera de que llegara otra persona en algo circular, pues en verdad se estaba esperando a esa misma persona de entonces. La brillante sucesión de cosas circulares que evocan momentos felices sirve para defender que «todo lo que merece la pena es circular», lo que no termina, lo que te permite seguir viajando sin tener que bajarte en ninguna parada, como en la línea 6 del metro de Madrid, aunque no sea esa tal vez la línea que habría que haber cogido.


9. «Duda», Álvaro Tato

Es «Duda» un inteligentísimo poema de otro poeta, Álvaro Tato (Madrid, 1978), que no teme a la rima y la estructura en estos tiempos. Aunque en este caso eso parece llevar a una injustificada comicidad, sobre todo en los dos primeros pareados, los versos finales de la cuarteta —donde la rima (se) despega— hacen que la cosa pierda toda la gracia con un bofetón interrogativo sobre qué es realmente recuperar lo que tanto costó olvidar: ¿revivir o remorir? Es una pregunta que nos hemos hecho muchos en poesía, pero a la que Álvaro Tato en Vuelavoz (Hiperión, 2017) da una forma espectacular, a modo de adivinanza popular, pero con la seriedad y trascendencia de los grandes poemas; memorable en cualquier caso.


10. «Risoterapia», Javier Almuzara

Es difícil expresar mejor que como lo hace Javier Almuzara (1969) en «Risoterapia» —poema de Constantes vitales (Visor, 2004)— en qué consiste o debe consistir realmente la alegría. No hay que creerla dada ni inalcanzable si no se tiene, hay que trabajarla, recordar la que se tenía en la infancia para reproducirla aunque venga el «mal tiempo» o, como mínimo, para poder ser felices de memoria, como se dice en el impactante último verso.


11. «Lecciones», Camila Mermet

Con su habitual ternura y profundidad, Camila Mermet (1998) refleja en «Lecciones» —poema incluido en Relicario (Halley Ediciones, 2023)— lo que supone la ausencia de un padre en la infancia. Enseña a entender desde muy pronto que hay cosas imposibles y que solo la poesía es capaz de acercarse a describirlas, como hace este poema.


12. «Pido al dolor que persevere», Piedad Bonnett

Quien haya perdido a un hijo, como es aquí el caso, o a cualquier otro ser querido comprenderá muy bien este poema de Piedad Bonnett (1951) en Los habitados (Visor, 2017). Es una estremecedora muestra de cómo el deseo de no perder para siempre a la persona amada hace que uno se aferre incluso al dolor para recordarlo. El dolor como último recurso desesperado para evitar el olvido.


13. «Nuestro amor es un niño muerto», Clara Millán

El fin de un amor, especialmente el primero, se siente como una muerte. Es algo que se ha dicho más veces, pero en este poema (publicado en el Anuario de Poesía Contemporánea 2022 de Un Libro Una Casa) esa idea se refleja maravillosamente. Con una inocencia adecuadísima, se cuenta cómo la persona que perdió el amor asume la muerte, pero sigue yendo al cementerio y de vez en cuando se viene abajo, porque un amor tan joven es como un niño y «quién no llora a un niño muerto». La escalofriante ingenuidad podría justificarse por la edad con la que Clara Millán escribió el poema (17 años), pero el magnífico control de los tiempos del poema es difícil de explicar en alguien tan joven.


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