Un beso es un mango con lengua
Un beso es un mango con lengua se me antoja precisamente eso: resistencia. La poesía de Natalia se resiste al cinismo, al rebuscamiento, a la época atropellada y desfachatada en la que ha nacido. Su resistencia descansa en el amor que su autora siente por las palabras; en el reposo y el cuidado de la idea; en la búsqueda de una sencillez más poderosa que cualquier artilugio; en la nostalgia y la bonhomía de ese mundo de mangos, dulces, caña, niñez, amor, cercanía, desamor y distancia que Natalia cultiva y protege como un huerto en alguna llanura de Sevilla. Natalia se celebra a sí misma al mejor estilo de Whitman, con sus bondades y sus carencias, con sus aciertos y sus imperfecciones. Un beso es un mango con lengua jamás pretende ser nada más que poesía en estado puro. No porque no aspire a más, sino porque no lo necesita. Es más que suficiente, es sensible y jubiloso, como Natalia.
Del prólogo de Miguel Yarull
Año: 2026
Páginas: 96

