A un ciprés de la Acrópolis

Blanca Andreu

 

El poema «A un ciprés de la Acrópolis» de Blanca Andreu está dedicado a su marido, Juan Benet, fallecido en 1993. Se trata de un poema sencillo, cargado de emoción, que forma parte de su último poemario hasta la fecha, Los archivos griegos (Vandalia, 2010).

Quien haya conocido a Blanca Andreu por sus primeros libros (en especial, el celebrado De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall) encontrará aquí una poesía madura, descargada del barroquismo y el surrealismo que caracterizaban sus primeros poemas. A cambio, Andreu ofrece una poesía mucho más limpia y sosegada, un canto a Grecia, donde la muerte, cuando está presente, no lo está en términos de dolor (como en aquellos poemas del inicio). No es este poema, por tanto, una elegía, en la que el lamento está presente, sino un homenaje.

La figura del marido está presente en un ciprés, que queda personificado desde el primer momento, en el que la poeta se dirige a él directamente («Verás, ciprés, hermano / de los lirios»). Ambos, ciprés (por su presencia habitual en los cementerios, apuntando siempre al cielo) y lirio (flor común en los funerales), son elementos de la naturaleza ligados a la muerte, pero de notable belleza y elegancia, que es precisamente lo que transmite este poema.

La poeta le cuenta sencillamente al ciprés quién fue ese hombre al que le recuerda, al «que amé y murió», dice Andreu. No puede resumirse en menos palabras y de mejor forma toda una historia con su marido.

Los atributos de este hombre aquí señalados son la altura y la oscuridad, que llevan a la poeta a ver su figura en la del ciprés. Son, en fin, atributos fácilmente relacionables con los cipreses; no en vano, el ciprés más famoso de la poesía en español (el de Silos) quedaba retratado por Gerardo Diego con versos como «Enhiesto surtidor de sombra y sueño» o «Como tú, negra torre de arduos filos».

Cobra así una importancia absoluta el ciprés (recordemos el título del poema, una dedicatoria al propio árbol, que queda completado con la verdadera dedicatoria de la composición, dirigida al hombre). Ambos tienen en común un alma ática, es decir, griega, cultura esta a la que dedica el poemario Blanca Andreu por todo lo que ha aportado a la civilización, en general, y a ella, a título personal.

El alma de este hombre —nos transmite la poeta— asciende: el alto hombre busca el alto cielo, al que, cómo no, también parece apuntar el ciprés en su verticalidad. Además, el ciprés en el que se fija Andreu no es uno cualquiera, sino que está ubicado en la Acrópolis (entendemos, por antonomasia, la de Atenas), que, una vez más, remite a la idea de altura (en concreto, al recinto situado en la parte más alta de la ciudad).

De modo personal, destacan los versos con acentos agudos («Verás, ciprés», «que amé y murió»), que imprimen un ritmo muy marcado e interesante, presente asimismo en el verso final, donde se reitera la comparación que mueve todo el poema: «como tú».

Antonio Luis Marín Benedicto

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